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Carretera y manta

Impresiones de Dalian

Primer paseo por la ciudad llena de rascacielos y turistas chinos. Se sacan fotos con nosotros porque somos extraños para ellos. La ciudad quita el hipo por grande y extraña. Por la noche se convierte en una terrible disonancia de neones con colores chillones y cruces de acera imposibles. El olor es de humo y fritanga. Lo hemos pasado bien en compañía de 3 serbios y una rumana que, a partir de mañana, serán compañeros de trabajo.

Dalian

Tras unas 25 horas de viaje, que a decir verdad, se ha completado sin mayor novedad, hemos llegado a la ciudad de Dalian, en la que nos quedaremos una o dos semanas. La llegada ha sido atropellada porque mi maleta no ha venido (aún no sé cuándo llegará) y el alojamiento que nos han proporcionado deja bastante que desear. Hechos polvo cómo estábamos, hemos decidido dejarnos de exploraciones y entrar para comer en lo que parecía ser un centro comercial cerca del hotelucho. Jamás vi un establecimiento tan grande y me he sorprendido que no he visto a un solo occidental desde que hemos llegado. Se ve que a esta parte de Dalian no llegan turistas.

Llegó el día 

Nos vamos ya. A las 7:55 sale nuestro avión. Tras dos transbordos llegaremos a Dalian, donde pasaremos un par de semanas antes de ir a nuestro destino definitivo. ¡Comienza el juego!

On to China!

Ya no hay excusas.

Nos vamos.

China

Desde el 1 de noviembre del año 2016, fecha del último post de este blog, han pasado muchas cosas. Resumirlas en corto es de empeño tonto. Anclado en mi ciudad de origen por motivos que no vienen al caso, he aprovechado para sacarme el TEFL (que es un título que certifica para enseñar inglés a alumnos con diferentes lenguas madre a ésta), me he casado y he llegado a la conclusión de que si quiero prosperar, más me vale hacer la maleta de nuevo. Leire encontró la oportunidad de trabajar para una empresa que posee academias de inglés en China y, visto el panorama en casa, la oferta de dos sueldos y apartamento puesto era muy atractiva. Después de un larguísimo proceso que comenzó con una entrevista vía skype y ha culminado con el infierno burocrático de legalizar los papeles en la embajada china de Madrid, estamos a la espera de que nos concedan la visa temporal y la fecha y destino definitivo para irnos.

De nuevo en la carretera.

Video resumen de todo lo que me he meneado este último año y pico. Es mucho autobombo, lo sé, pero alguien que ha estado ahí me sugirió que lo pusiese todo junto para poder verlo con perspectiva. Y me ha llenado, la verdad. Y quiero compartirlo.

Y tengo mucho que agradecer. Pero mucho mucho. Véanlo. Ahí está todo

1 año y 3 meses from The Land of Pink & Grey Diseño on Vimeo.

Hace un par de días visitamos Brno, la capital de Moravia. Desconocida ciudad señorial y universitaria, es un lugar interesante, que despliega una intensa actividad cultural y que resulta bella y cómoda de visitar. Y no nos encontramos con un solo turista. Tuvimos la suerte de conocerla de la mano de un natural de la ciudad, y, francamente, es increíble la cantidad de historia (y de historias) que encierra. Vale la pena. En la imagen, el primer teatro en Europa que tuvo luz eléctrica.img_3484

Skype dió a luz esta semana 4 hermosos cachorritos. En este pequeño vídeo los conocemos un poco. Esta perrita vive en la granja de Siluvky (Moravia) donde estamos de voluntarios. El objetivo: aprender a entrenar perros de trineo.

Aquella foto

Hace 26 años saqué una foto.

La historia comenzó un par de días antes. Acababa de llegar a Pamplona para incorporarme a mi segundo año de carrera. Como una hora después de llegar a la residencia donde iba a vivir, me encontré con un compañero de estudios que también lo había sido de colegio. Me preguntó si me apetecía irme al día siguiente a un viaje de un par de semanas a Praga. De esa ciudad solo sabía que era la capital de Checoslovaquia y que el año anterior habían protagonizado algo llamado “la revolución de terciopelo”. Yo no tenía pasaporte y nunca me había embarcado en algo así, tan improvisado y sin saber nada más. Mi colega, Xabi, me dijo que no tendría que pagar nada y que a ver si no podía hacer nada por obtener el pasaporte. Llamé a mi casa por teléfono y mi padre me dijo que hablaría con un tío mío que tenía, en aquel entonces, una gestoría.

24 horas después estaba a bordo de un tren francés con destino a Ginebra. De allí, viajé junto a mis improvisados compañeros a Zurich, donde contactamos con unos señores suizos que eran los que pagaban los gastos y nos llevaban en una enorme furgoneta a Praga.

El asunto era que se suponía que íbamos a participar en un congreso en la facultad de periodismo de la Universidad Carolingia de Praga sobre “la libertad en los países del este”. Yo, realmente, no tenía que hacer nada más que llenar un hueco de una persona que dejó una vacante. Y allí que me fui con una mochila de primera necesidad y una cámara minolta para la que no tuve tiempo de comprar carretes.

A parte de aquellos señores suizos, me acompañaron tres personas que eran compañeros míos de periodismo. Uno, Xabi, fue el que me ofreció el viaje. De los otros dos solo puedo decir que, de uno, no sé nada y del otro es un famoso (semifamosillo) periodistilla que ha falsificado su perfil en su blog con una jeta que espanta. Ademá,  nos acompañaba un joven profesor de la facultad que aspiraba a ser director de cine, cosa que años después consiguió, y con bastante éxito. (Por cierto que al año siguiente participé en el equipo de su primer largometraje y me lo pasé como nunca…)

Cuando llegué a Praga, lo primero que hice fue sacar esta misma foto. img_3383En el original, que luego explicaré por qué no puedo enseñar, todo estaba igual, solo que más sucio, más desconchado y con un diminuto skoda de los 60 aparcado junto a la estatua. Me pasaron entonces  algunas cosas que, debido a mi juventud me parecieron increíbles. Tuve la ocasión de deambular 10 días casi en soledad por una ciudad en la que la agitación política y social estaba en un punto alto, con grandes protestas porque los comunistas no acababan de salir del nuevo gobierno y con carreras e incidentes multitudinarios por las calles, con policía y ejército, etc… En aquellos días increíbles asistí a un concierto “por la libertad” patrocinado por la RAI italiana en la que, entre otros, actuó Joe Cocker, vi un tanque por primera vez de cerquita, visité los increíbles estudios Barrandov de la mano del secretario del ministro de cultura (en ellos se conservaba el vestuario de la película Amadeus y se estaba rodando Kafka con Jeremy Irons) y comí en un comedor “popular”, es decir, para indigentes. Hice cola (interminable) para comprar un paquete de cigarrillos Sparta y ví como a uno de mis acompañantes le estafaban en el cambio de moneda en la calle. También conocí a un palestino que me ofreció un cajón de fusiles de asalto de fabricación nacional tirados de precio y los medios para sacarlo del país. No, no acepté…

Praga se despertaba del sueño (o pesadilla) del comunismo con un paisaje de calles deterioradas y llenas de desconchones, con gentes vestidas con ropas de los 70 y poco o nada de turismo. En las cercanías del puente de Carlos y de Josefov se vendían “excedentes” del ejército y las cachivacherías anexas al cementerio judío estaban llenas de cosas increíbles, como esas hermosas radios Tesla. Ahora solo hay chinos y horribles matriuskas.

Mi minolta y yo fuimos retratando paso a paso esos paisajes y esos decorados de aquella ciudad genuinamente decadente que quería dejar de serlo. Todo era tan feo que resultaba arrebatadoramente bonito y no podía parar de hacer clic clic clic.

Los días se terminaron, entre platos horribles de goulasch y krendlinky y la mejor cerveza que uno pueda soñar. Cuando nos largamos, ese gacetillero del que antes hablaba, me pidió los carretes que me había prestado. Le comenté que en cuanto llegásemos a casa le compraría unos. Él me dijo que no, que ya los revelaba y que me pasaría una copia.

Hasta hoy. Perdí las fotos porque un tipo sin escrúpulos se las quedó (supongo que para hacer alguna conferencia en algún club de los que frecuentaba sobre el terror comunista en Europa del este).

Pero no perdí el inmenso sentimiento que me quedó al sacar aquellas fotos. La respiración de aquella ciudad que no quería ser como era.

Ese sentimiento me hizo volver, dos años después, con otros cuatro amigos. Ya no era lo mismo, pero estaba muy bien. Me enamoró de nuevo. Eso ya es otra historia.

Me quedo con lo que le dijo por aquel entonces Bohumil Hrabal (un escritor que, de verdad, vale mucho la pena) a una amigo checo al que veré en un par o tres de días. “Primero nos invadieron los alemanes. Luego los rusos. Ahora los turistas. Yo bebo para olvidar…”

Yo no bebo para olvidar. Me alegro de haber vuelto. Echaba de menos a Praga.

Y eso a pesar de la invasión.

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(El taller del Herrero)