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Carretera y manta

Paseando con Mr. Chow

Como todos los viernes, me tocaba ir de Cangzhou a Quingxian para dar clases en una guardería.

La cita con mi chófer era a las 7:40 debajo de mi apartamento. Buenas noticias: hoy venía a buscarme Mr. Chow, un afable chino de mediana edad que conoce la comarca al dedillo y que hace esfuerzos ímprobos por comunicarse en inglés con la ayuda de su teléfono móvil. Es un hombre discreto y amigable con el que me siento agusto. 

Como hasta el miércoles se celebra el congreso del partido comunista en Pekín (para mayor gloria del presidente Xi Jinping) las autopistas que nos rodean están repletas de controles policiales y, al ya habitual desbarajuste circulatorio, se añade un caos de proporciones casi bíblicas.

Pero iba con Mr. Chow: eso es garantía de pintorescos caminos comarcales, rincones rurales y paisajes que normalmente no vislumbro en mi traslado.

Lamentablemente, mi amigo Chow no contaba con un puente cortado sobre uno de esos ríos-lago que hay en la comarca y el entretenido viaje  se ha convertido en un viacrucis por pueblecitos infestados de basura y caminos sin asfaltar, dándose el momento cumbre de nuestra peripecia cuando mi amigo ha tenido que internarse en un maizal con el coche perdiéndonos del todo. Pero hallando fuerza en la debilidad y haciendo bueno el popular adagio chino de que crisis es oportunidad, hemos hecho una paradita en el sembrado que mi colega ha aprovechado para ir a aliviarse el vientre.

Al final, tras una loca carrera por carreteras en obras y desvíos obligatorios, he llegado solo una hora y cinco minutos tarde a trabajar. ¿Nuestro crono de hoy? 2 horas y 25 minutos para cubrir una distancia como de Irún a Tolosa.

Gracias Mr. Chow. Me lo he pasado genial.

Saliendo de Cangzhou. Contaminación a full
La nacional en obras. No se podía pasar
Caminos sin asfaltar. La cosa se pone intensa
El GPS nos llevaba por caminos bravíos
La cosa tenía ya una pinta…
Mr. Chow, un tipo versátil

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Acoso y (casi) derribo

CANGZHOU: UN LUJO ASIÁTICO (I)

A QUÉ HUELE CHINA

Imagen http://www.leireruizfoto.com

Decía Isaac Asimov en su saga Fundación que, cada planeta, tiene un olor particular que se percibe nada más descender de la nave espacial en la que se viaja. Un poco como el olor personal de alguien, que puede hacernos distinguirlo aún cuando no lo veamos.

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Pues eso ocurre en China. Por las mañanas, cuando me levanto tras una noche de escaso en incómodo descanso, rápidamente percibo esa peculiar huella olfativa que me habla del lugar en el que ahora vivo: China huele a humo y a sopa de sobre. A humazo de tubo de escape cansado y a caldo barato. Y la calle… la calle huele a alcantarilla y a fritanga. A pis y a caca. No hay olores ricos, no hay frescor de aire limpio. La contaminación es tan bestial que todo lo tapan esas sensaciones nefandas. Charcos de aguas estancadas, pilas de basura y conducciones públicas sospechosas de filtración componen el mapa fragante de esta abigarrada urbe de pesadilla.

Aclaración: quizá el resto de esta inmensa república huela a otra cosa. Puede ser. No tengo noticia de ello. Esta ciudad huele a todo eso. Cangzhou es un enorme vertedero.

CANGZHOU: UN LUJO ASIÁTICO (II)

CRUZAR LA CALLE

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No es  seguro. No es fácil. Es alucinante. Tiene ese aire de juego de plataforma en el cual hay que tener un gran sentido del ritmo y de la secuencia para poder llegar al otro lado sano y salvo. El orden de las cosas nunca se manifiesta tan poderosamente en este país como en el tráfico urbano. La “pirámide alimenticia” de este peculiar ecosistema es como sigue: Los que mandan son los autobuses y los taxis. Nunca se echan atrás, siempre dominan el tráfico.

Los autobuses paran en los semáforos (poquísimos) que hay en la calle pero los taxis no. Hay que apartarse. Para indicar a los demás que serán rebasados o atropellados, tocan el claxon. Después vienen los coches. Adelantan a todos los demás por donde quieren (aquí se adelanta mucho por la derecha, incluso en las autopistas), tocan la bocina como posesos y nunca se detienen en pasos de cebra (ningún transport, repito, ninguno se detiene) ni en los semáforos. Sólo la ocasional presencia de un agente de tráfico y sus hermosas banderas llenas de caracteres chinos pueden llegar a detenerlos. Luego están las motos. En su mayoría ingenios eléctricos, estos artefactos campan por doquier, da lo mismo qué carril sea y no hacen ruido, lo que constituye un verdadero peligro para el peatón. Por la noche no encienden sus luces, doble riesgo y pueden circular por aceras y calles peatonales tranquilamente porque tienen consideración de personas con ruedas. Finalmente, en la base de esta desquiciada cadena de depredación estamos los seres humanos sin ruedas. Peatones, viandantes y otros sujetos de caza por parte de los otros seres mecánicos que pueblan la urbe. Reglas sencillas: nunca tienes preferencia. Los pasos de cebra no significan que los otros pararán. Necesitas visión de 360 o, al menos, 270 grados. Ojo y oído avizor y patitas ligeras, que viene el toro.

CANGZHOU: UN LUJO ASIÁTICO (III)

SENTIDO DEL URBANISMO, SENTIDO DE LA URBANIDAD

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Si bien es cierto que en la querida Europa tenemos muchos ejemplos de urbanismo disfuncional (y de urbanidad, quede dicho), la verdad es que éstos casi siempre vienen revestidos de una pátina de historia vieja y de encanto que los redimen. Los ejemplos de urbanidad disonante son tan bárbaros y, en ocasiones, brutales allí como el cualquier otra parte del mundo.

En este rincón chino ni siquiera tienen el encanto de ese dislate urbano que es el trazado de un zoco árabe o de una parte vieja de ciudad medieval mitteleuropea. Aquí, moles de cemento de decenas y decenas de pisos conviven con casuchas de la época de la Larga Marcha. Las conducciones de gas y aguas (residuales y de consumo) exhiben su impudicia al aire insano de la ciudad haciendo la salvedad única de los barrios más pudientes, en los que podemos ver porteros con barreras, coches de millonario y mujeres eternamente vestidas de gala junto a bolsas de basura en las que hozan perros y gatos callejeros (casi todos lo son en Cangzhou). La emanaciones mefíticas de dichas conducciones acaso nos distraigan de los enormes transformadores de electricidad que pueblan, a modo de imposibles árboles de fantasía científica las aceras de algunas calles.

El pavimento es irregular, asocavonado, riesgoso. Los adoquines, cuadrados y simples en su factura, pavimentan pobremente los suelos abruptos, como la doncella que pretende tapar sus encantos con un sedoso y transparente tul y nada, o casi nada, deja a la imaginación. Las avenidas más modernas, imposibles en sus perspectivas afiladas, eternas en sus trazados nos hablan de incomodidad, de ansias de espacio pero no hacia afuera sino hacia adentro. Enormes descampados tachonan este paisaje extraño en el que conviven callejones propios de la distopia futurista y rascacielos solo entrevistos en los juegos de rol de los ordenadores.

La urbanidad, como característica del comportamiento se manifiesta desigual. Famoso por característico en este país, el mítico gargajo chino se impone y enseñorea en las calles. Ni siquiera en el domicilio de uno se está a salvo de esta intensa forma de alivio de las vías respiratorias. Primero se escucha un estertor, un tremor de una garganta azorada que se sigue de la expulsión estentórea del bólido mucoso-salival que se estrella en un impacto colosal contra el sucio pavimento.

Como ya comentábamos antes, la costumbre de considerar al ser humano un vehículo sin preferencia convierte la convivencia urbana en un riesgo.

En esta ciudad, por lo general, he podido observar que las gentes transitan en un conveniente silencio, si bien este no es general: algunos altavoces de vendedores ambulantes rompen la quietud sonora con sus repetitivos mensajes. Señoras cuya calidad auditiva ya hace tiempo se vio perjudicada, atienden uno de esos enormes teléfonos (tamaño y aspecto de vitrocerámica) que portan todos los ciudadanos muy al modo en el que los habitantes del far west portaban un colt peacemaker. Supongo que esa inveterada creencia de los mayores en que para hablar con alguien que está lejos por teléfono hay que levantar mucho la voz es universal. A veces, la tranquila monserga con que una voz pregrabada nos anuncia las paradas en el autobús queda tapada con los angustiados alaridos de una anciana que trata de comunicarse al volumen de un altavoz de concierto.

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Hemos podido percatarnos también de que los niños más pequeños, supongo que por cuestión de economía familiar, no portan pañales sino unos apañados pantaloncitos abiertos por detrás. De esa manera, cuando vienen los apuros la evacuación se produce de una manera pronta y sencilla, normalmente allá donde pilla. Las más veces, esta se produce en cualesquier rincón de la vía pública, permaneciendo el residuo, a modo de tributo a la urbanidad patria, en medio de la acera, expuesto a la intemperie. Emocionados pudimos asistir a una notable excepción a esta costumbre: unos padres situaban la página arrancada de una revista bajo el infante que en ese momento se afanaba no sin esfuerzo en vaciarse el intestino. No nos quedamos a saber el destino de la muestra obtenida. Cada uno a lo suyo.

Una costumbre que también me ha fascinado en esta ciudad es la de parar a echarse la siesta donde a uno le sorprenda la hora. Después del almuerzo, que muchas veces se produce antes de las 12 de la mañana, obreros, viandantes, trabajadores que se desempeñan en la urbe, paran sus quehaceres y se tienden allí donde mejor les acomoda para disfrutar de ese merecido receso. Rostros en descanso, tumbados los cuerpos enjutos sobre el asfalto, apoyados los cráneos sobre un casco de obra o sobre un jersey ingeniosamente doblado.

CANGZHOU: UN LUJO ASIÁTICO (IV)

AL PARQUE

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Muy al estilo de otras repúblicas socialistas en las que el colectivo y sus colectivas manifestaciones de apoyos o detracciones son muy populares, en China podemos encontrar enormes plazas en sus ciudades, estando situada la más grande del mundo en la localidad de Dalian, que tuvimos la ocasión de visitar al principio de nuestra estancia.

Menos apreciados son los parques. Y no lo digo porque no existan estos lugares para el esparcimiento ciudadano en Cangzhou, que sí. Lo digo porque he podido observar que estos espacios son sistemáticamente maltratados por las autoridades municipales o aquellas a las que les corresponda la gestión. La floresta que, se supone, es uno de los elementales atractivos de estos lugares, presenta invariablemente un aspecto ralo, enfermizo, desprovisto de densidad, colorido y frescor. Las hojas, mustias, lacias, exhiben tonos grisáceos, pareciendo que la vida huyera por goteo de ellas. Los bancos en los que descansar los pies ahítos de tanta larga distancia son pocos y muchos de ellos están rotos, presentan un mar de escupitajos a sus pies o un chino durmiendo tendido en el mismo. Los estanques contienen aguas ponzoñosas, malolientes las más veces, con tonos verdosos y peces agonizantes que se adivinan bajo los limos que flotan. Y qué decir de la población animal: solo contratar que jamás había visto un pato flaco. Los había visto sucios, quizá tiñosos… pero ¿flacos?.

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Los parques, salvo notables y recónditas excepciones, no son refugios para el alma atribulada por tanto cemento y tubo de escape. Solo manifiestan una descorazonada falta de atención y de entusiasmo por el desahogo ciudadano.

CANGZHOU: UN LUJO ASIÁTICO (V)

FERIAS PARA LOS NIÑOS

Supongo que como triste herencia de épocas más grises en las que la economía del país no estaba para festividades, las ferias para niños que aún pueden verse en la ciudad, como la que presenciamos en la festividad del principio de otoño, son realmente espeluznantes. Con esa inenarrable capacidad que a veces muestran los chinos para convertir lo inocente y bello en s

iniestro y aterrador, las atracciones de carricoches, carruseles y similares se pueblan de malas imitaciones de personajes infantiles populares a los que, para evitar problemas de derechos de autor y poder fusilarlos descaradamente, les restan alguna de las características que los hacen adorables o les añaden alguna nueva que los hacen temibles. Osos deformes, vaqueros con pinta de ser toxicómanos, pulpos con aspecto de ser invasores del espacio o tiburones hinchable con dientes amenazadores. Para no constituir una salvedad en el tono general de la ciudad, las atracciones presentan un deficiente estado de conservación y un inexistente grado de higiene. Son viejas, sucias y dan miedo. Ser niño es un negocio duro acá, en Cangzhou.

 

CANGZHOU: UN LUJO ASIÁTICO (VI)

COMIDAS

Sé que este tema es controvertido así que me propongo zanjarlo con la menor cantidad de palabras posibles.

La comida china es, en general, suculenta, rica, los ingredientes suelen ser frescos y la preparación primorosa. Y, como siempre, es cuestión de gusto, de fortaleza de estómago y de capacidad de saltar el escalón cultural el hacerse a ella.

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Pero China, amigos, es muuuuy grande. Y lo que en una ciudad es una gastronomía ocurrente, confortable, nueva e interesante para nuestros paladares de gringuitos acostumbrados a la comidita de mamá, en otra puede tornarse un infierno de especias repetitivas, escasa higiene, productos quizá no demasiado frescos y platos insípidos, grasos en exceso y, en general, difíciles de digerir. Afortunadamente, al ser Cangzhou una ciudad enclavada en una zona de una relativa influencia musulmana, podemos encontrar muchos locales en la calle que sirven comidas más suaves, que maltratan menos nuestras papilas ya tan cansadas y nuestros vientres extenuados.

La comida es muy barata y los productos, que pueden encontrarse realmente frescos y económicos en un mercado tradicional cercano a nuestro domicilio, nos dan, en ocasiones la oportunidad de cocinar en casa y de cuidarnos un poco. Aún así en los casi dos meses que llevo en este país he perdido unos 6 kilos y mi figura luce algo más estilizada. No es mala ganancia. Veremos lo que pasa a la vuelta de un año.

CANGZHOU: UN LUJO ASIÁTICO (VII)

MARCIANOS EN EL BARRIO

La empresa que nos contrata paga nuestro alojamiento en la ciudad. Esta facilidad forma parte del contrato y el dinero que gastan en ello parte de nuestra retribución.

Como para todo están demostrando, nuestros empleadores son muy vivos y, lejos de presentarnos opciones para alquilar, tal y como nos prometieron, nos asignaron de facto un apartamento alquilado. La casa es suficientemente amplia y equipada. Pero por ser breves, estaba sucia como un gallinero. Con porquería de la que no se ha limpiado desde que se amuebló, vaya usted a saber cuándo. Además, y para variar, las instalaciones sanitarias son penosas y cocina y baño comparten puerta. Lo dicho. La higiene no es lo de este país.

Tras descender las cinco plantas del inmueble sin ascensor nos encontramos en un popular -y populoso barrio- en una parte no muy fancy de Cangzhou. Y ese es el chip chup que tiene. Que es un barrio. Que aquí jamás vieron un extranjero. Al principio (y la cosa sigue, claro) todo eran miradas de asombro. Los obreros se giraban en sus excavadoras para mirarnos mejor, los niños corrían atribulados a refugiarse en brazos de sus madres, los más ancianos sacudían levemente sus testas nobles como diciendo “ya no reconozco este país”…

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Veo cómo las mujeres miran de reojo mis brazos peludos y mi barba, que constituyen una excepción para ellas como la de ver un marciano. Los hombres, empero, se quedan extasiados en fugaces recreaciones en las feminidad de Leire, quien se muestra divertida por tales actitudes.

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Pero los días han ido pasando y poco a poco hemos ido ganando un hueco en el paisaje de este vecindario. El señor del lavadero de coches que hay a la salida del condominio siempre nos saluda, brazo en alto, con un destacable “hello”. El frutero que prácticamente vive en la esquina, siempre tiene un saludo y una sonrisa. La familia del restaurante que sirve costillas de cerdo hiperespeciadas, dos cuadras más allá, nos recibe con la alfombra roja y se enorgullece, a pecho palomo, de que su hijo converse tres o cuatro frases en un hermoso inglés con nosotros. La señora que nos vende el pollo en el mercado siempre tiene buen talante cuando nos ve. Es venta y es variedad. La peluquera que hay un poco más adelante me saluda con un rostro afable tras la máscara que utiliza mientras trabaja. El señor de la pastelería doblando la esquina de la avenida, con su pelo engominado, el joven de una tienda que ya me ha arreglado dos discos duros. Y así un sinnúmero de personas que, poco a poco se han ido haciendo a la idea de que estamos aquí y que no mordemos.

Llegando a la esquina de esa avenida de la que hablaba hay un local familiar que se dedica a los masajes de reflexología poda. Afables, simpáticos y terriblemente buenos en lo que hacen, tienen una hija de 11 años: Ayunfei. Nada más vernos, la primera vez que entramos en el local, buscó un traductor en su teléfono movil para poder entenderse con nosotros. Simpática, dulce, inteligente y despierta, me hace sentir una ternura y una añoranza de mi propia hija que, a veces, me abruma. Creo que finalmente se ha encaprichado de mis brazos peludos y es divertido verla llamar a sus amigas para que vengan a vernos, a sus nuevos amigos, a modo de inverosímiles atracciones. Su vivaracho parloteo es una nota de brillo en un sitio tan gris, tan oscuro.

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Carretera y manta

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(El taller del Herrero)