Decía Isaac Assimov por boca de uno de los entrañables personajes de su saga Fundación que, al aterrizar en cada planeta, podía percibir un olor particular y exclusivo del mismo. Yo creo que en cada ciudad de cada país ocurre lo mismo. Me costó hacerme porque vine completamente rodeado en el avión por una expedición de senegaleses en misión de biznez. Los tios no se habían dado una agua desde el Senegal y olían a chotuno que mareaba y se te quedaba impregnado. Al montar en el taxi para ir hacia el hotel, le pregunté a don Bueno Jesús, que así se llamaba el taxista del taxi seguro, si podía subir las ventanillas (o finestrillos en italiano) gracias a eso tuve la impresión olora que buscaba: Guayaquil huele a especias, a madera rancia y mucha contaminación. Hoy veremos qué conclusión sacamos…

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