Vilcabamba es hoy en día una colonia. Una colonia de anglosajones que viven su jubilación en un pueblo pequeño, acogedor y con un clima realmente benévolo durante todo el año. Rodeada de un paisaje espectacular, esta población tiene una sospechosa concentración de oferta para los que quieran hacerse limpieza de chacras, meditación, yoga, prácticas tánicas y todo tipo de actividades trascendentales. Todo lo que se consume, vende o negocia lleva la etiqueta de “orgánico” (como si existiese alguna comida “no-orgánica”) y exhala un tufillo “buenrollista”. Así, por ejemplo, cualquier frase que intercambie un vendedor del mercadillo de artesanía contigo siempre acabará con la coletilla “buenaonda”. Sobre todo si el tipo reúne tres condiciones: llevar pantalones bombachos, no haberse duchado en, al menos, una semana y, por último, asegurar, con sonrisilla de falsa complicad, haber creado esa pulserita por la que intenta tangarte 15 pavos del ala, en pleno viaje de ayahuasca. En fin, perroflautismo ramplón y básico al servicio de un capitalismo de andar por casa.  Aderécese con unas rastas mugrientas y las uñas bien negras y ahí está el auténtico comerciante de artesanía vilcabambero.

Por lo demás, encontraremos todas las pintorescas terracitas donde se venden batidos orgánicos de verduras innombrables llenas de anglosajones septuagenarios con cara de estar pasándolo de puta madre entre irrigaciones de colon y meditaciones al borde del arroyo.

Los lugareños intentan sacarte los dólares del tío sam como buenamente pueden con negocios más o menos honestos. Entre ellos se encuentra don Julio, que te lleva y te trae al monte feraz en sus caballitos tamaño perro grande. Bien adiestrados como entrañables robots de cuento, te proporcionan un inolvidable paseo hasta una cascada hermosa y agreste.

Hay una par de españolas que regentan sendos negocios de hostelería. Uno es un bar buenrollito con algunas tapas más o menos pasables y con música en directo. El otro lo lleva una bilbaína de nombre Eva, que se curra unas tortillas de patata de más que correcta factura y unas paellas que, dicen, quitan el hipo.

Mola Vilcabamba, sobre todo si eres norteamericano, te sobra la pasta y no tienes nada que hacer. Creo que volveré.

fotografías cortesía de LRPhoto

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