SENTIDO DEL URBANISMO, SENTIDO DE LA URBANIDAD

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Si bien es cierto que en la querida Europa tenemos muchos ejemplos de urbanismo disfuncional (y de urbanidad, quede dicho), la verdad es que éstos casi siempre vienen revestidos de una pátina de historia vieja y de encanto que los redimen. Los ejemplos de urbanidad disonante son tan bárbaros y, en ocasiones, brutales allí como el cualquier otra parte del mundo.

En este rincón chino ni siquiera tienen el encanto de ese dislate urbano que es el trazado de un zoco árabe o de una parte vieja de ciudad medieval mitteleuropea. Aquí, moles de cemento de decenas y decenas de pisos conviven con casuchas de la época de la Larga Marcha. Las conducciones de gas y aguas (residuales y de consumo) exhiben su impudicia al aire insano de la ciudad haciendo la salvedad única de los barrios más pudientes, en los que podemos ver porteros con barreras, coches de millonario y mujeres eternamente vestidas de gala junto a bolsas de basura en las que hozan perros y gatos callejeros (casi todos lo son en Cangzhou). La emanaciones mefíticas de dichas conducciones acaso nos distraigan de los enormes transformadores de electricidad que pueblan, a modo de imposibles árboles de fantasía científica las aceras de algunas calles.

El pavimento es irregular, asocavonado, riesgoso. Los adoquines, cuadrados y simples en su factura, pavimentan pobremente los suelos abruptos, como la doncella que pretende tapar sus encantos con un sedoso y transparente tul y nada, o casi nada, deja a la imaginación. Las avenidas más modernas, imposibles en sus perspectivas afiladas, eternas en sus trazados nos hablan de incomodidad, de ansias de espacio pero no hacia afuera sino hacia adentro. Enormes descampados tachonan este paisaje extraño en el que conviven callejones propios de la distopia futurista y rascacielos solo entrevistos en los juegos de rol de los ordenadores.

La urbanidad, como característica del comportamiento se manifiesta desigual. Famoso por característico en este país, el mítico gargajo chino se impone y enseñorea en las calles. Ni siquiera en el domicilio de uno se está a salvo de esta intensa forma de alivio de las vías respiratorias. Primero se escucha un estertor, un tremor de una garganta azorada que se sigue de la expulsión estentórea del bólido mucoso-salival que se estrella en un impacto colosal contra el sucio pavimento.

Como ya comentábamos antes, la costumbre de considerar al ser humano un vehículo sin preferencia convierte la convivencia urbana en un riesgo.

En esta ciudad, por lo general, he podido observar que las gentes transitan en un conveniente silencio, si bien este no es general: algunos altavoces de vendedores ambulantes rompen la quietud sonora con sus repetitivos mensajes. Señoras cuya calidad auditiva ya hace tiempo se vio perjudicada, atienden uno de esos enormes teléfonos (tamaño y aspecto de vitrocerámica) que portan todos los ciudadanos muy al modo en el que los habitantes del far west portaban un colt peacemaker. Supongo que esa inveterada creencia de los mayores en que para hablar con alguien que está lejos por teléfono hay que levantar mucho la voz es universal. A veces, la tranquila monserga con que una voz pregrabada nos anuncia las paradas en el autobús queda tapada con los angustiados alaridos de una anciana que trata de comunicarse al volumen de un altavoz de concierto.

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Hemos podido percatarnos también de que los niños más pequeños, supongo que por cuestión de economía familiar, no portan pañales sino unos apañados pantaloncitos abiertos por detrás. De esa manera, cuando vienen los apuros la evacuación se produce de una manera pronta y sencilla, normalmente allá donde pilla. Las más veces, esta se produce en cualesquier rincón de la vía pública, permaneciendo el residuo, a modo de tributo a la urbanidad patria, en medio de la acera, expuesto a la intemperie. Emocionados pudimos asistir a una notable excepción a esta costumbre: unos padres situaban la página arrancada de una revista bajo el infante que en ese momento se afanaba no sin esfuerzo en vaciarse el intestino. No nos quedamos a saber el destino de la muestra obtenida. Cada uno a lo suyo.

Una costumbre que también me ha fascinado en esta ciudad es la de parar a echarse la siesta donde a uno le sorprenda la hora. Después del almuerzo, que muchas veces se produce antes de las 12 de la mañana, obreros, viandantes, trabajadores que se desempeñan en la urbe, paran sus quehaceres y se tienden allí donde mejor les acomoda para disfrutar de ese merecido receso. Rostros en descanso, tumbados los cuerpos enjutos sobre el asfalto, apoyados los cráneos sobre un casco de obra o sobre un jersey ingeniosamente doblado.

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