MARCIANOS EN EL BARRIO

La empresa que nos contrata paga nuestro alojamiento en la ciudad. Esta facilidad forma parte del contrato y el dinero que gastan en ello parte de nuestra retribución.

Como para todo están demostrando, nuestros empleadores son muy vivos y, lejos de presentarnos opciones para alquilar, tal y como nos prometieron, nos asignaron de facto un apartamento alquilado. La casa es suficientemente amplia y equipada. Pero por ser breves, estaba sucia como un gallinero. Con porquería de la que no se ha limpiado desde que se amuebló, vaya usted a saber cuándo. Además, y para variar, las instalaciones sanitarias son penosas y cocina y baño comparten puerta. Lo dicho. La higiene no es lo de este país.

Tras descender las cinco plantas del inmueble sin ascensor nos encontramos en un popular -y populoso barrio- en una parte no muy fancy de Cangzhou. Y ese es el chip chup que tiene. Que es un barrio. Que aquí jamás vieron un extranjero. Al principio (y la cosa sigue, claro) todo eran miradas de asombro. Los obreros se giraban en sus excavadoras para mirarnos mejor, los niños corrían atribulados a refugiarse en brazos de sus madres, los más ancianos sacudían levemente sus testas nobles como diciendo “ya no reconozco este país”…

Imagen http://www.leireruizfoto.com

Veo cómo las mujeres miran de reojo mis brazos peludos y mi barba, que constituyen una excepción para ellas como la de ver un marciano. Los hombres, empero, se quedan extasiados en fugaces recreaciones en las feminidad de Leire, quien se muestra divertida por tales actitudes.

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Pero los días han ido pasando y poco a poco hemos ido ganando un hueco en el paisaje de este vecindario. El señor del lavadero de coches que hay a la salida del condominio siempre nos saluda, brazo en alto, con un destacable “hello”. El frutero que prácticamente vive en la esquina, siempre tiene un saludo y una sonrisa. La familia del restaurante que sirve costillas de cerdo hiperespeciadas, dos cuadras más allá, nos recibe con la alfombra roja y se enorgullece, a pecho palomo, de que su hijo converse tres o cuatro frases en un hermoso inglés con nosotros. La señora que nos vende el pollo en el mercado siempre tiene buen talante cuando nos ve. Es venta y es variedad. La peluquera que hay un poco más adelante me saluda con un rostro afable tras la máscara que utiliza mientras trabaja. El señor de la pastelería doblando la esquina de la avenida, con su pelo engominado, el joven de una tienda que ya me ha arreglado dos discos duros. Y así un sinnúmero de personas que, poco a poco se han ido haciendo a la idea de que estamos aquí y que no mordemos.

Llegando a la esquina de esa avenida de la que hablaba hay un local familiar que se dedica a los masajes de reflexología poda. Afables, simpáticos y terriblemente buenos en lo que hacen, tienen una hija de 11 años: Ayunfei. Nada más vernos, la primera vez que entramos en el local, buscó un traductor en su teléfono movil para poder entenderse con nosotros. Simpática, dulce, inteligente y despierta, me hace sentir una ternura y una añoranza de mi propia hija que, a veces, me abruma. Creo que finalmente se ha encaprichado de mis brazos peludos y es divertido verla llamar a sus amigas para que vengan a vernos, a sus nuevos amigos, a modo de inverosímiles atracciones. Su vivaracho parloteo es una nota de brillo en un sitio tan gris, tan oscuro.

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